lunes, febrero 25, 2008

Crónicas de Venecia

Día Uno. Viernes, 22 de Febrero, 2008.
Embarque.

Íbamos cinco por Torpedero de mañanita camino a Venecia. Íbamos con prisas; cuatro con maletas tracatrá y yo con mi mochila-casa a cuestas. Tropezamos con el metro y nos metimos por los pelos. En la conexión no llegamos a tiempo, y tuvimos que esperar para coger el tren en dirección al aeropuerto. Al pasar las primeras terminales, nos bajamos en Barajas. Pero el pueblo, je. Y cuando llegamos arriba dijimos, andá, aquí no hay viones. Y Ana dice “Uy, pues yo le he dicho a una que era aquí.”

Ahora sí, con más prisas aun, traspellaos del tó, bajando al andén ya se estaba yendo el tren, pero debimos darle pena al conductor, o talvez pensó, “Otros que tal…” y abrió las puertas. Mr. Keller gritó, “¡Vamos!” Y en respuesta al grito de guerra salimos todos arreando con los bultos a cuestas, justo a tiempo, sin saber muy bien si íbamos en dirección correcta o si con las prisas iríamos pa’trás, de cabeza y sin frenos de vuelta a casa.

Fuimos bien. Llegamos a la T-4, y subidos en el ascensor coincidimos con la pobre a la que mi amiga había inducido a hacer la misma tontería que nosotros: bajarse en la estación equivocada. “No, no,” dijo con una sonrisa plastificada, “No pasa nada. Sólo habré perdido mi vuelo.” Puñalada. No pasa nada.

Ya estábamos en nuestro sitio. Pasamos los controles (el striptease en público y todo eso), y dijo Mr. Keller: “Ahora vamos a por los bocadillos.” Subimos a la sala VIP, nos hicimos con provisiones y nos fuimos.

Embarcamos. Y volamos.

Día Uno. Viernes, 22 de Febrero, 2008.
Arrivi.

Venezia, bella!

Subimos al motoscafo, el taxi de agua que nos llevó a la ciudad. De pronto empezaron a aparecer ante nuestros ojos los canales, las callecitas. Nos instalamos al lado de un soportal de nombre sonoro, Sotoportego e corte cantarina. Las paredes rasgadas de las casas descubrían ladrillos y el tiempo. Caminamos a la Plaza de San Marcos. Pasamos el umbral de un arco y sentimos la grandeza del espacio, los balcones arcados de las procuradurías, la luz. Rondan las palomas y al fondo nos enfrentamos con la basílica dorada. Más cerca ya, observamos sus paredes en puzzle de mármoles, traídos hace mucho desde distintos mares.

La Torre del Reloj, el Palacio Ducal, las farolas rojas y el embarcadero con las góndolas, enmarcadas por dos columnas; en una el gran león alado de Venecia, y en otra una figura que no es Don Quijote. Al costado de la basílica está la Piazzeta dei Leoni, y un cartel en la Calle de la Rizza muestra el camino “Alle poste e telégrafo.” En la Calle dei Seggrettari las paredes de la tiendas no respiran, repletas de máscaras colgadas.

Tomamos Venecia en pandilla. Al final del Campo de la Guerra, una placeta coqueta, veo una cabeza rodando: La calle acaba y pasa un canal, pasaba una barca y lo que parecía rodar era el barquero. Pasando por el Sotoportego Primo Lucatello me subo a unas escaleras, ¡Foto!, tipo dolce vita, dice Ana.

El puente Rialto. El sol naranja se refleja en el agua del Gran Canal. Góndolas, barcas, postes de pirulí a color. A ambos lados fachadas azules, amarillas, salmón. El sol, Venezia. Pasa un gondolero por debajo del arco que hace el Rialto: Magia.

Los Keller me sorprenden escribiendo en el cuadernillo. Se ríen. También de Ana, con sus fotos. “Dale a ésta una cámara, como a un tonto un boli.” Levanto mi boli y digo, “¡Yo soy la tonta!”

Realmente debe verse ridículo. Creo que en esto del turismo las fotos están más aceptadas que el cuadernillo.

Día Uno. Viernes, 22 de Febrero, 2008.
Nebbia.

Entrada la tarde cayó la niebla y Venecia cobró otro encanto, distinto al de antes. Misterio sobre los canales, historias inventándose en las sombras, luces de las barcas en el agua. Empieza el frío húmedo y el moquillo, metemos las manos en los bolsillos.

Esperábamos a la última pieza de nuestro rompecabezas. Esencial.

Mientras, cenamos pasta a la hora europea. Pasta y queso, pizza. Yo, mis gnocchi gorgonzola. Después, salimos de nuevo a la niebla que se nos pegaba al pelo. Pues capucha. Y andando.

Nos llamaron la atención una pareja de italianos, que intentaban dirigir a su hotel a unas turistas llegadas de algún lugar de Asia. No se entendían. Y las muchachas preguntaban en inglés por la antigua prisión. No sacaban en claro si se hospedaban en la antigua prisión, cerca de allí, ni cómo se llamaba la calle ni el hotel. Como una de mi pueblo, que llega a Albacete, se sube al autobús y le dice al conductor: “Oiga, ¿Sabe usted dónde vive mi Rosi?”

Al final les pudo indicar otra que pasaba por allí. Nosotros seguimos caminando hacia la estación en la Piazzale di Roma, y me tuve que reír al ver una señal de peatones que indicaba al bus acuático: Pedoni ai vaporetto.

Primero llegó Martita. Y luego la encontramos.
Si, si. Ocurrió así.

Ya todos juntos, caminamos de vuelta al hotel, rendidos de frío y callejeo. Y encantados de paliza de ver y ver y patear, con un poco más de vapuleo llegamos al hotel. Y hasta mañana, Venezia, bella.

1 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Io sono il capone della mafia
Io sono il figlio della mia mamma
Tu sei uno stronzo di merda ¡JA! ¡JA! ¡JA!
E un figlio di troia in Venezia
Venezia...
Venezia...
Venezia... ¡CHA! ¡CHA! ¡CHA!

Lo tengo preparado, tengo las maletas
Vamos juntos hasta Italia, quiero comprarme un jersey a rayas
Pasaremos de la mafia, nos bañaremos en la playa...

Io sono il capone della mafia
Io sono il figlio della mia mamma
tu sei uno stronzo di merda
e un figlio di troia in Venezia
(Quiero spaghetti...)
Venezia...
(...y mozarella)
Venezia...
(Quiero tirarme...)
Venezia...
(...a Donnatella)

ves como sí que existe la canción!jou, para una que no me invento...jeje!

MUA!

2/28/2008  

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